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R e s e t

La muerte parece sueño. Es una realidad onírica que se ve difusa, que cae para no tocar el fondo nunca. La primera vez que perdí a un ser amado fue a los 4 años, cuando mi padre murió y dejó a mi madre sola, con 5 niños que alimentar, educar, querer, etc. Por eso, aunque no entiendo a mamá por las cosas que hace o dice y su amor es el más demandante, no la puedo juzgar. Vamos haciendo lo que podemos con lo que la vida hace de nosotros. Nunca salen los planes como imaginamos. Por ejemplo, nunca creí que yo sería como soy ahora, con este corazón hecho bomba.

De mi madre heredé la dulzura y el andar, su color etéreo y níveo, que recuerda a la luna, a la hoja cayendo al lago, para recibir el rayo de sol matinal.

Sin embargo, también por ella entendí el amor como sinónimo de ser devorado o devorar, la sensación de fragilidad, de sentirme carente, a veces incapaz. Yo la veía llorar mucho, por eso las lágrimas se me volvieron tan habituales que crecí pensando que esa era la forma en que vivían todos. Porque era ese querer pisar fuerte con mis pies de cristal, como un suplicio al que me acostumbré y que pocas veces contradije.


Mi madre nació un día de marzo y por ojos tenía sal de mar, su belleza era inagotable, su corazón triste y visceral. Un día dije “ya no más” y subí a la colina, dispuesta a cambiar: sabía el origen de mi sensibilidad, conocía el oleaje en que se movían mis pensamientos, pero me costaba, y mucho, sanar.

Como si quisiera aprender un idioma diferente cada día y al final de la noche durmiera sabiendo que no siempre querer es poder.
Necesario sería apagarme, dejar de ser para comenzar, pero eso no se ha hecho nunca, por eso estamos aquí, aturdidos, asustados, a veces más cansados que otra cosa, tratando de entender: la muerte, el desapego, la forma que tienen tus ideas y por qué, el cortar de raíz, o al menos cortar, la manera en que te enseñaron a vivir desde infante porque ves que eso no es verdad, que no te funciona porque ya no lo crees más.

Hoy me enfrento a un despertar, que es pesado, como si en 24 años hubiera vivido ciega, en automático. Y de pronto llega alguien o algo que te hace ver cómo has estado refugiado en un dios, en una moral, en una fantasía, te hace dudar y te quiebras y estás roto por varias semanas porque te cuesta mucho ver todo sin esa neblina. Aquí uso este término haciendo referencia a la novela de Miguel de Unamuno llamada Niebla. Donde el autor quiso atribuirle este concepto de neblina a la venda que elejimos usar en el viaje de nuestra existencia.

Mi neblina era el amor romántico, creía que el amor verdadero tenía que cumplir ciertos estandares (además de que, ¿qué quiere decir amor verdadero? ¿Acaso sólo uno es real y los otros no?):  el hombre hacer ciertas cosas, como ser valiente, atrevido, y a la vez muy detallista, y que yo como mujer también tenía que ser muy encantadora, sútil, bonita, cuidar y esperar atenta a que me dijeran “sí”. Creía en ese amor del que hablaba Platón, donde necesitas de otra persona para estar completo, la famosa alma gemela, tu otra mitad… y ¿qué quiere decir eso? Vivía en una ficción, en una donde me sentía insuficiente por estar sola, pero nunca lo sospeché porque todo a nuestro al rededor se maneja así (aquí podrían entrar varias teorías, como la del patriarcado que nos enseñó a tomar y seguir un rol, inconscientemente). Mi neblina era creer que al final todo está o estará bien cuando no es así. A veces los finales son abruptos, sin sentido y duelen. ¿Qué hacer si ya no crees en los finales felices, en un día a día bueno? Claro que esta idea de felicidad es la cosa más subjetiva, pero todos estamos de acuerdo en que implica, necesariamente, tranquilidad.

La muerte parece sueño, dije antes, porque como los sueños, no podemos entender realmente qué es, y quizá eso da esperanza. De toda la mentira que hemos vivido, de toda la manipulación, de todos los agravios a los que hemos sido sujetos alguna vez, la muerte tan misteriosa te susurra al oído que tal vez no haya un final sino una transformación, nos movemos a otro lugar que aún no está en nuestra imaginaria. O no. Quizá la muerte es aún más sencilla que la vida. Cómo saberlo, lo cierto es que la esperanza y la fe nos permiten seguir, imaginar y querer levantarnos cada mañana.  Porque de todo ya se ha hablado demasiado, nos han llenado de tanta información que es una revolución el elegir tomar un camino auténtico, des-aprender todos los prejuicios y los miedos que creíste verdaderos. Es toda una revolución estar bien mientras estamos vivos.

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Pausa

He estado leyendo un poco sobre el tema y tratando de poner en práctica la meditación. No porque sea una persona espiritual, qué más me gustaría, sino porque quiero entender lo que soy. Y por qué es que soy. A lo largo de mi vida he ido construyendome por mis circunstancias y las personas que hay en ellas.

La meditación es tener curiosidad por lo que pasa en ti: no en tu cuerpo nada más, sino lo que hay en tu mente, el cómo funciona ésta.

Sin si quiera entender cómo llegas a tu cuarto, te sientas y respiras profundo. A lo largo del día te han abrumado emociones, muchas veces creadas por suposiciones, y también esos inagotables pensamientos que se desbordan y poco a poco van transformándose en mil ideas más, hasta que elevas el número de pensamientos al límite. En fin, llegas cansado y eres caos. No tomas importancia a lo que hay al rededor de ti. No volteas a ver el espacio que te envuelve, ni escuchas a quien te comparte sus palabras, tampoco descansas, sólo estás sintiendo y pensando sin prestar atención a una sola cosa. Quieres dormir para callarlo todo. Y asi pasan los días, hasta que te sientes tan pesado que lloras, que mientes y dices que sí, que todo está bien, que estás ahí y que estás dispuesto a dar y a escuchar. Cuando en verdad únicamente tienes fastidio, de tu vida y de todo en general.

No piensas en el suicidio porque en realidad no te disgusta vivir, más bien no entiendes cómo vivir bien, ni si quiera te importa esa felicidad de la que todos hablan allá afuera, tú solamente quieres estar tranquilo, poder descansar y llevar los días de la mejor manera. Respiras otra vez, y agradeces el corazón que sientes latir, sonríes porque hay comida en la mesa, tocas a tu perrito y sientes amor. ¿Por qué la vida no es más simple? O lo es pero tu mente no te da tregua y castigas tus días y te defines de manera rigurosa: “asi soy, no puedo cambiar”. “Soy un miedoso”, “soy flojo”, “yo no haría eso, no soy así”. Y ¿por qué? No será este el límite que nos hemos impuesto, nosotros únicamente, para no tomar la mayor parte de las posibilidades que nos muestra la vida, así que te dices: “yo soy sensible” o “yo soy muy enojón” y te lloras y te enojas y a elección tuya sigues viviendo como siempre. Sigues estando en la comodidad de vivir angustiado, triste, con malestar. Decía Galeano, a proposito de esto, que ” al fin y al cabo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día”. Yo, por ejemplo, no soy esta mujer que escribe, soy cada letra también, cada espacio que hay entre los caracteres, soy lo que dijeron de mí aquel día en que me besé con un desconocido, soy la que lloró en muchas ocasiones por un amor que era malo para mí, soy la que se fue corriendo cuando tuvo miedo a un país extranjero, como si el lugar fuera el problema, y sin embargo, no soy sólo eso. Y sigo buscandome.

Quizá Buda se iluminó en el momento que dijo “no soy”, porque a su vez lo estaba siendo “todo”. La gente terca, orgullosa, con esa barrera que fue construyendo a lo largo de sus días, debería experimentar salir de su papel. Yo voy a tratar, porque no sólo quiero el bienestar mío, sino el de todos los seres que me rodean.

En la meditación se pueden aplicar diferentes técnicas, por decirlo así, y tú eliges la que mejor se te acomode. A mí me ha funcionado la del sonido. Esto es poner tu atención en algún ruido, por ejemplo en los pájaros detrás de tu ventana, o en el murmullo del tráfico, en algún sonido que tú prefieras incluso, como el del agua, de alguna canción, etc. Y se trata de ser conscientes todo el tiempo de que estás escuchando ese sonido, así puedes divagar pero darte cuenta de que tú atención se está yendo del sonido para en seguida regresar a él. Cuando estás meditando estás dándote cuenta que eres parte de algo más grande, que te rebasa. Estoy sentada, con las piernas cruzadas y la espalda recta, mis manos sobre las rodillas y los ojos ligeramente abiertos, respiro y noto las sensaciones de mi cuerpo, en seguida el sonido que está envolviendome, y pienso en eso. En el espacio del que soy parte, estoy en una cama, la cama está encima del piso, yo estoy abajo del techo, a lado del jardín y el jardín está en una casa, en una ciudad, en un país, de un planeta, en una vía lactea, y respiras, porque tus problemas no se ven tan grandes ahora. Los pensamientos llegan y pasan, para dar lugar a nuevos que en seguida también se irán. Todos los fenómenos que ocurren en la inmesidad del universo siempre van transformándose, como los pensamientos, por lo tanto todo eso que ahora sucede en tu cabeza es observado sin cuestionarlo o juzgarlo. Nada es bueno o malo. Sólo es. No te dejas llevar por alguno en particular, regresas nuevamente al sonido del inicio y estás siendo consciente de tu momento presente.

Comencé a realizar estos ejercicios justamente por esto. Porque siempre he sido visceral y mis emociones me han controlado y no yo a ellas. Creo que todo esto, más que cualquier cosa, es darte un respiro del ajetreo cotidiano. Como ponerlo todo en pausa. Porque es más difcíl llegar a un lugar si no sabes en dónde estás parado. Y es mucho más complicado aún el definirte si no sabes con exactitud qué eres tú. Se trata entonces de reflexionar qué estamos haciendo y si eso nos hace ser lo que somos en realidad. Porque si no nos gusta lo que somos, tenemos la capacidad completamente de modificarlo. Y así podemos llegar a un acuerdo con nosotros mismos para intentar hacer nuestros días diferentes y probar si eso nos funciona. Porque a fin de cuentas se trata de que tu estancia en este viaje, que es la vida, sea agradable, o al menos no una carga.

El árbol entiende la quietud, respira y sabe que su existencia es parte de algo más grande.
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POEMAS II

Sola

La mujer

se desgarra a sí misma

cuando está sola.

Toma los instrumentos necesarios;

un beso por aquí,

un recuerdo por acá,

y mucha ausencia.

Esa que quema,

que te invita pasar a su casa

y quiere que vivas ahí.

La mujer está llena de huecos.

Su cuerpo ahora es templo

hecho ruina que se niega a ser reparado.

Le gusta la forma en que el polvo

le ha moldeado

su soledad.

En las aguas se ve,

y piensa, ¿es esto la vida?

La mujer se va acabando en suspiros,

 a veces en sollozos.

Mientras anhela

por la ventana

estar al lado del sol.

Mundo

Desprenderme de esta piel,

incauto movimiento.

Quitarlo todo, hasta ser, solo,

esta tinta azul que canta,

que me recuerda al mundo

y su distancia.

El mundo y

su dolor,

el mundo.

La hora de Dios

A dios le gusta arañar las espaldas rotas

de los niños dolientes.

Doliente olor impregna el destilado de salvia.

Dios me mira y pregunta la hora.

Desatinadas palabras, que no forman, sino hunden.

Dios marinero con barco de pieles.

Desatinadas rasgaduras no hilan nada y tienden a perderse.

El desierto es una casa donde habitan los caídos:

Ahí viven los que no han nacido, los que apenas salieron de la herida de un cuerpo.

Animales, y no poetas, son devorados por indivisibles líneas para crear algo, algo que explique.

Dios me pregunta qué día es y no le escucho,

lo miro a los ojos y el continúa viéndose al espejo,

como si no fuera su cara la que estuviera viendo.

Delgadísima, tenue irrealidad, que me atrapa en una palabra,

 que aún no llega.

Le rezo al campo y a los astros indiferentes

a mi soledad hueca.

Dios ya no tiene preguntas, sólo señas.

Señales borrosas en lenguas sagradas.

Todo se marchita, es el único mensaje claro.

Brasas ardiendo para, en seguida, ser comida por

 el silente fuego.

Guy Denning
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La furia del viento

Las palabras rebotan, hacen zig-zag, se desnudan frente a la bañera, velan la luna y dibujan montañas, veredas donde muren las hojas cada tarde de octubre. Las palabras desacomodan sonrisas y crean suspiros. En mi pecho hay varios huequitos, está el del día en que mutilaron mi cuerpo y lo aventaron a un precipicio para deshacerse de mí, también está el del día en que con unas manos de hierba me asfixiaron lentamente, solo por el placer de herirme.
Porque los niños quieren salvaje y siempre me habían tomado con brusquedad.
No escuchaba mi voz, esa que te alerta, esa que te pide que por favor huyas cuando estás en riesgo, pero justo en esos días me era dificíl saber lo que en verdad valía. De apoco, se fueron esfumando los golpes, pero las secuelas se quedaron por mucho más. Entonces, tiempo después, cuando me creí a salvo, te conocí, pero lo único que tenía era miedo y ganas de darte algo bueno, aunque yo nunca hubiera conocido cosa igual. Para dejarte entrar tenía que identificarme, por eso te di la parte sin cicatrices, para que te quedaras, y así fueron pasando los momentos, dandote fragmentos de mí.
Me daba una idea de quien era yo, pero dudaba, dudaba tanto que compararme era frecuente, qué equivocada estaba por menospreciar la particular forma que tenía de andar yo por el mundo, de verlo y de expresarme. Nací con el don de sentir y escribir era lo más aproximado que tenía para enseñar a los otros a ello.
Recuerdo que un huequito que me dolía constante era creer que tú, la única persona que no me había herido, no me amabas en realidad, como si no me bastara yo misma.
Y es que para ti las cosas se daban por hecho, no había necesidad de reforzarlas con gestos.
Tu cabeza siempre estaba en un lugar lejano, donde no había cabida para mí, para mis palabras o para mis sueños de amor.
Sabía que me querías pero me ponía triste al pensar que no me querías como a mí me hubiera gustado. Actos egoístas son actos naturales, pensé entonces. Yo no sabía querer, creía que sí, pero no. Porque no me quería yo en lo absoluto, sólo me reprochaba todo lo que hacía o pensaba, como queriendo vivir para complacer al otro, aunque eso implicara más cicatrices en la ya desgastada piel. Mi casa era ligera y un día el viento la derrumbó, no para dejarme sin hogar, sino para construir uno más fuerte. Quizá estamos hechos de esto, de viento, de la furia del viento, que nos toma y nos dice cuándo trasmutar. Despierto, respiro y me veo al espejo, todo sana, siempre ha sanado, aunque no del todo y nunca a corto plazo, tal vez un día pueda reconocerme y valerme y sentirme y creerme y gozarme como tantas veces he esperado que alguien más lo haga.

Foto afuera de mi casa, la que aún sigue en pie.
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Carta I

Ver tus ojos para darme cuenta de lo ajenos que somos. Nos vamos descifrando. Yo busco en ti lo que nunca tuve, tú no buscas, huyes. Un día despierto y te veo, tan impenetrable, tan sin ganas de vida, como si el sueño fuera lo único en que confías. Me hubiera gustado conocerte antes de los daños irreparables, me hubiera gustado que me conocieras antes de las heridas en el cuerpo, en la voz; mi piel está llena de pérdidas, de cicatrices irremovibles. Ojalá algún día podamos hablar el mismo lenguaje y entender que la vida es este viaje en donde nos escogimos por sobre todas las cosas. Porque en nuestra teoría, somos miles de posibilidades andando, donde quizá nunca sepamos cuál hubiese sido la mejor, pero aquí estamos, con el miedo de que nos lastimen de nuevo, y con la ganas de ser amados como nunca antes.

Hoy te pedí lo de siempre, que me miraras con esos ojos que tanto me gustan, que me hablaras despacio y me llenaras de besos, que por favor, alejaras eso de lo que tan hartos estamos, también hiciste café y yo sonreí porque sentí la ligereza del amor de repente.

Como si no hubiera nada más que tú y yo, sin importarnos la ciudad, la hora, la vida, sólo tu cuerpo y el mío escuchando el corazón del otro, pero todos son instantes, tan breves y lejanos a lo que ahora escribo, todo termina por ser una espiral donde nada permanece. Lo que sí prevalece son mis firmes intenciones de seguir descubriendo el mundo contigo.

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Estruendo

Me duele que las palabras se vayan cayendo, sin si quiera dejar rastro, para despertar un día y encontrarme muda, sin nada qué decir. Me han cosido la boca, mis ojos están viendo a direcciones que no alcanzo a entender. Lo que más me cuesta es tenerme; lo de allá afuera no importa, sino esto, con lo que cargo, como una penitencia a la que me obligué un día viernes de hace 10 años.

Dibujo el movimiento del àrbol, el oleaje del óceano, la lluvia en el bosque, los recuerdos de cuando me tuve, hace mucho de eso, e iba erguida descifrando el cielo y las calles, cuando no tenía miedo de la soledad y su sombra, en esos días no necesitaba nada, conmigo era más que suficiente.

Empuño mi mano, me marchito en la tarde, resucito a medias cuando el viento me llama, como diciendo: estás viva, qué más deseas? Y yo no puedo responderle, porque hay finos hilos sellando mis labios, y lloro, queriendo salir de mí, desprenderme de todo lo que creí que era y no soy, irme con el agua y terminar en la tranquilidad del río.

Pero no, sigo aquí, tratando de agarrarme de algo, de alguien, para quizá entender la vida e imagino que todo está bien, quiero que todo esté bien, pero a lo lejos sólo escucho el estruendo del mundo, que no da descanso, que te come y se ríe en tu cara.

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S i l e n c i o

Hay días en que me siento particularmente pequeña, como si me hubiesen arrojado rayos de desdicha o miedo. Donde dudo de mí y del amor que me tengo, como si no fuera mi paso por el mundo algo auténtico. Pienso que los colores se van quedando huecos de sentido y que yo, he perdido la gracia hasta para respirar. Comienzo a hablar al revés y así, tal vez, descubrir por qué mi semblante está frío. Quizá se deba a la lejanía de tus palabras, o no, probablemente sea porque me veo en este espejo de agua y no logro reconocerme. He tratado de hacer las pases conmigo, de cantarle a mi forma, al espacio que me envuelve, incluso he estado en vigilia varias noches, contemplando la palabra Sueño, el vocablo Dios, como si éstos estuvieran ligados, secretamente, pero nada hay para mí, si acaso ruido, mucho ruido y estas ganas de sumergirlo todo para que nazca el silencio. El s i l e n c i o. Hay días en que todo pasa, lloras y te desgarras, pero hay otros días serenos, donde entiendes y optas por no decir nada. El silencio a veces es esa puerta donde llegas a ti. O imaginas que llegas y dibujas y escribes y sueñas.

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Poemas I

1.

Estefanía tenía el cabello de cristal y los ojos de estrella, Estrella era el nombre de su madre, su boca era un jardín de tulipanes, girasoles, hortalisas y también había un naranjo. Estefanía casi nunca podía amar, le costaba mucho el acercamiento real de una persona. Sentía que se le quebraba el cuerpo. Soñaba con la persona que llegara despacio, con la frente en alto y sin pedirle explicaciones del naranjo. Sin embargo, Estefanía tenía un corazón débil y cuando alguien se acercaba, su angustia crecía. No sabía que hacer, sino vivir desesperanzada, sola era feliz porque caminaba por su casa descalza, hablando idiomas inventados por ella, señalando animales en las nubes aunque no hubiera cielo ni día ni noche ni Estefanía. El sueño de Estefanía era enamorarse, pero se ensombrecía sólo al imaginarlo. Creía que se sentiría doblemente pequeña, doblemente triste, porque también creía que no podía haber una persona que viviera en paz. Porque Estefanía tenía por cabeza una conglomeración de destellos, cada uno con su religión, país y burocracia, y por eso como estandarte tenía al caos. “No hay manera de salir de ti mismo” decía en voz alta Estefanía mientras se amarraba las trenzas para hacer un café en la avenida de su casa. Es por eso, y por muchas novelas que había leído, y por las voces que le confundían el paso, que Estefanía estaba aterrada de imaginarse enamorada. Prefería coser sus dedos a las ramas del naranjo y nunca más hablar.

2.

Tú me dirás que no es cierto eso de las supersticiones, de las caídas del cielo, de la lluvia azotando la ventana para decirnos algo, que nunca se comprobó el desierto y su soledad a las 4 de la tarde. Tú dirás que no hay pruebas de nada, que confíar es cerrar los ojos mientras te arrastra el río.

3.

Para que tú me entiendas necesario es quitar la piel, vaciar todo y escudriñar, lento y sin tiempo, lo que se dice que soy. Para que yo te entienda, necesario resulta abrir tu cráneo, con delicadeza, tocar el cerebro y leer sus fisuras, para esbozar, si acaso, lo que se dice que piensas.

4.

Me desvelo nuevamente con vos, como si la vida fuera vivir de amor, como si el amanecer fuese eso de lo que huimos, y esperamos, pacientes, amarnos a oscuras toda la noche.

5.

Son mis huesos los que olvidé aquel día en que mi padre murió, yo no tenía nada, ni memoria, ni sueño, ni ganas. Apenas comprendía la palabra viento y ya se me exigía saber qué era muerte. Qué cansada estoy desde entonces. No puedo ver el sol sin sentir mi cuerpo indefenso, atacado de luz y silencio. Son éstos, y no otros, los huesos que extravié aquél día. Ahora me sostengo por columna y lejanía, por alfabetos muertos e ideas corrompidas.

6.

Se sufre a cantaros el día, la voz se va cayendo al piso y se trasmuta al centro de la tierra, un lugar caliente, donde posiblemente no importen las ideas. Se agota (pero no termina) el dolor de tanto tocar las puertas de más o menos 135 millones de almas mexicanas, casi todas heridas, algunas sólo cansadas. A esta hora del día hay carencia de fe y tenerte junto a mí, ya sabes, mi piel muy cerca de la tuya, reaviva la calma de estar. Sin embargo, en días más oscuros, donde la piel se desprende del hueso, el viento se obstina a no andar y hay más ruido que nunca, es entonces cuando le hablo a tus ojos, como rezando les pido esperanza. Santifico tus ojos, los venero y sólo así consigo dormir.

7.

La muerte parece sueño, opaco e irreal. Como irse quitando suspiros del pecho, como apagar la luz del faro y navegar sabiendo que la oscuridad es lo más próximo a la verdad. Pero a veces la muerte es una ventana, un sótano, un jardín. No es el fin, sino la herramienta para seguir buscando. Entonces, te vas agarrando del sueño, quitando las paredes del cuerpo y sólo así dejas de esperar.

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Abismos y otras maneras de sobrevivir: Serna y su sátira

Justo acabo de leer Ángeles del abismo de mi queridísimo escritor mexicano contemporáneo favorito, y esto quizá se deba a que no he leído a muchos mexicanos contemporáneos o a que, en efecto, me seduce y gusta demasiado el estilo de Enrique Serna.

Estaba en mi trabajo ensimismada con las últimas páginas de la novela, y cuando terminé…sentí alivio. Y cómo no si cada capítulo generaba en mí mil cosas, en palabras de José Joaquín Blanco: “Como los grandes satíricos, Serna conmueve pero desuella; provoca en el lector sonrisas y carcajadas nerviosas, casi neuróticas”. Y es que todos los sucesos que acontecen en un México colonial permeado de fanatismo religioso, y donde la distinción de clases es más severa que nunca, no hay cabida para un amor libre, que de tan libre caía en lo rebelde, escenario que orilla a estos enamorados a valérselas del engaño para poder sobrevivir. Ocultando su amor, por ser ella casta y él indio, toda la novela tensa y emociona, como querer devorarte el libro en una sentada pero a la vez no, porque quieres seguir acompañando a la bella Crisanta en sus arrobos falsos, cuya pasión desborda en cada gesto mas debe ocultarla y fingirse serena, aunque es un volcán conteniendo la respiración; a Tlacotzin en su contradictoria y angustiante existencia, que sufre por no encontrar al verdadero Dios, teniendo más fervor por los dioses mexicas que su padre le enseñó absolutos, aunque también presente a ese Dios de España con sus vírgenes y santos, a quienes su madre veneraba y que su amada Cristana quería, y cómo él es quien mayor castigo se pone al dudar de su fe, pues cada acto lo atormenta por una u otra cosa, por lo que se ve orillado a ocultar sus creencias y sentirse perdido en casi todo su viaje; o bien, al poeta cuyo talento es colosal pero su suerte no, sufriendo desde la genialidad de sus letras el hambre en cada soneto; incluso a mi personaje no tan favorito, el sacerdote cuyo amor por el dinero y el reconocimiento es más grande que cualquier Dios, quien nos da una idea del poder que tenía la Iglesia en esa época novohispana, cuyo final secretamente da gusto al lector, porque aunque su ornamenta y prestigio van al alza, su cuerpo y mente lo llevan a la putrefacción; así como Leonor, una mujer sanguinaria, hermosa y de dinero que cae en un juego infantil donde va perdiendo los estribos, todo en nombre del amor. Pero antes de continuar con una opinión más amplia de la obra me gustaría dar un panorama más amplio de Serna.

Mi primer acercamiento a él fue hace muchos, muchos años, cuando me topé con un curioso cuento del hombre con tatuaje de minotauro en el pecho, donde Picasso (el artista cubista que quería salir de esta dimensión en cada trazo que pintaba) plasmaba su autógrafo en la piel de un niño para que su padre no comercializara con él, sin embargo, en primera persona, el hombre con minotauro en el pecho nos cuenta cómo Picasso se equivocaba si creía que no se podía ser un negocio andante, pues dejó de ser un hombre para convertirse en una cuadro contemplativo, ya no importaban sus ideas sino lo que las cubría, esa maldita piel que ya no era más suya, sino de los espectadores. No recuerdo muy bien cómo se desenvolvían los sucesos pero al final, descubrí un ligero dolor en el pecho, como si a mí me hubiera sucedido la historia, y es que esa soltura con la que narra las cosas y sobre todo, el cómo las desafía y expone frente a todos para pensar más de tres veces lo ridículo que funciona el mundo y la soberbia de quienes creen que su realidad es la única, lo que hace de Serna un escritor que gusta y que te invita a leerlo más y más.

Tiempo después me encontré con la antología donde estaba el cuento y la leí con la emoción de seguir encontrando esta crítica hacia la manera de vivir del hombre (digo hombre generalizando hombre y mujer porque es más práctico). Amores de segunda mano fue entonces mi primer acercamiento a Serna, mostrándome muchas verdades incómodas, como si hablar con picardía de lo políticamente incorrecto fuera la manera de tomar con ligereza los terribles pesares que hay en el mundo.

Pues bien, Ángeles del abismo es una novela que, según leemos al final, está inspirada en un caso que sucedió realmente con una joven de nombre Teresa Romero, que se hacía pasar por santa para embaucar a los ricos y quien tuvo un amorío con un indio, razones más que suficientes en ese momento para que la Inquisición la mandara a la hoguera. No obstante, Serna se vale de la ficción logrando en todos su personajes una personalidad representativa de la época. En la novela no hay buenos ni malos, como sucede en la vida real, más bien todos son llevados de un lugar a otro por sus circunstancias. Los primeros capítulos introducen la vida de Cristanta y Tlacotzin desde que eran niños, y cómo sus padres generaron en ellos esa manera de no encajar en ese mundo tan limitado que ofrecía la grey católica y la Nueva España.


La novela nos lleva de la mano, desde la infancia, de nuestros protagonistas, quienes desde pequeños entendieron que el mundo era un lugar desigual y si querían vivir y hacer lo que deseaban no importaban los medios; engañar a sus superiores no era cosa de maldad sino de poder estar un día más juntos. Cristanta, cuya madre era comedianta (vocablo que refiere a las actrices), no logra conocerla ya que desaparece de su vida desde que era bebé, heredando de ella la pasión por el teatro y esa naturalidad para actuar, consigue llegar a un punto muy alto en su mentira, regodeándose de la crema y nata de la sociedad, desde marqueses a virreyes, quienes creen plenamente que es una beata tocada por Dios, que puede curar a enfermos y hablar con ángeles. Sin embargo, ella lo único que quiere es poder pasear del brazo con su amado Tlacotzin y vivir en La Habana, donde se presume está su madre. La figura del padre también es muy importante en la historia, puesto que gracias a sus malos tratos la orilla a escapar, dando pie a la aventura de farsas y misticismo o la burla de éste. Como mencioné al inicio, lo interesante está en el desarrollo de los personajes, quienes desafían todo lo que debiera ser el orden natural para vivir de la manera en que desean. La obra se llama Ángeles del abismo, porque son sus personajes esos seres puros pero corrompidos, y no por satánas como mencionan quienes los juzgan al final, sino por una sociedad donde no se podía estar en un punto medio, o eras cristiano devoto, ciego, o eras nada.

No quiero dar un resumen de la obra, para eso ya hay cientos de sitios, sino que mi postura está en invitarlos a leer a este escritor, cuya genialidad logra que una obra de tintes históricos, resulte ser una bomba de emociones y encuentros. Aquí les dejó un link donde pueden encontrar opiniones del escritor y datos de su vida y obras.

https://enriqueserna.com.mx/

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Esbozo I. Amor

Eran luciérnagas las que veía cuando sonreías, pequeñas luces que bombeaban mi sangre.
Amarte era sencillo, pero no.
Amar nunca es fácil.
Porque es, necesariamente, verme al espejo. Y cada gesto que haces, lo hago yo o viceversa; estar contigo era una constante búsqueda de identidad para mí…

Y es que ¿quién puede afirmar: estoy completo, ya no me falta nada por aprender? Creo que vamos por este camino reconociéndonos y eso es una tarea que no termina nunca, bien decía Sabato en Sobre héroes y tumbas que cuando por fin entendemos la vida ya es necesario dejarla. Hay un camino largo por recorrer, eso es inevitable, pero lo más importante es la duda, sin ella somos tan pequeños y absurdos, como pintar límites donde debería haber puentes. Y el amor, un tema del que quiero hablar mucho, es ese algo que nos cuestiona constante a dónde vamos. Y que sobre todo, rompe prejuicios que creíamos irrevocables, es esa puerta para seguir descubriéndolo todo. Por eso, aparte de espejo, puerta, fuente de inspiración, es el vértigo de crecer y crecer a veces da miedo.